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Aunque conscientemente no tuve en principio una motivación bastante clara que me acercara al Yoga, con el paso del tiempo y la práctica empírica, empecé a notar cambios en mí, no sólo en lo físico, sino una interesante sensación de bienestar y tranquilidad, pero al mismo tiempo, algo parecido a una inyección de energía vital. De ahí, que lo que me trajo a Bionova fue—en principio—“perfeccionar” la forma de llegar a este valor, lo cual significa que, de alguna manera, mi visión del yoga era terapéutica desde el comienzo. Dicha “terapia” incluye el infinito sentimiento de gratitud porque el yoga se haya convertido en mi estilo de vida y porque he descubierto personas maravillosas, las cuales, con su buena energía, su observación compasiva y el dejarme ser parte de esta enriquecedora propuesta pedagógica, no es sólo un paso por una escuela de yoga; es consolidarme como parte de dicha escuela, y trascender a ser mi propio centro de sabiduría. ¿Qué mas puedo pedir?

La práctica de yoga en sí misma es una práctica saludable, eso es absolutamente claro, y es una práctica que obliga a volver a nuestros orígenes; es una manera de vivir en la cual la tecnología—si bien contribuye en algún punto—no se convierte en el eje fundamental, pasa a un segundo plano. La cura está en nosotros mismos.
Itsín Contreras lo puede explicar mejor:

“En la práctica del yoga se trabaja la transformación del cuerpo a través de la OBSERVACIÓN y la ESCUCHA CONSCIENTE, adecuando el cuerpo a una postura ideal para cada situación, así como la respiración correcta para el manejo corporal de manera fluída” (Contreras, 2014: 37)

Dicha aseveración la viví intensa y claramente en el primer taller de yoga restaurativo, con el profesor Gabriel Arrázola. El perfeccionamiento de las asanas (por ejemplo, el haber estado en Paschimottanasana por casi 15 minutos), me permitió comprender la necesidad de la persistencia como herramienta de exploración, tanto de la postura como de mi cuerpo. Sentí el trabajo energético. Si para cada “enfermedad” que tengamos, nos damos la oportunidad de observarnos, de entablar un diálogo con nuestro cuerpo y de comprenderlo (“escucharlo”) muchas de estas dificultades se manejarían de forma más consciente y podríamos sentirnos mejor. Sin embargo, dicha observación no se limita al trabajo corporal, al Pranayama, el trabajo con Bandhas, Mudras y Mandalas. El cuerpo es nuestro templo, y a dicho templo hay que brindarle la energía que le permita desenvolverse mejor, a través de la alimentación.

Lejos de ser un taller sobre alimentos, sus propiedades, calorías, recetas, etc. (en palabras de Deepak Chopra, la “visión materialista” de los alimentos), el profesor Itsín Contreras nos llevó al terreno de las emociones y la manera de manejarlas a través de la alimentación, reconociendo nuestros DOSHAS, es decir, los agentes informantes de nuestro organismo. Cada sabor y cada alimento aporta su propia “inteligencia” (Chopra, 2011) al bienestar de cada persona, tanto en la salud corporal como en nuestras emociones. Por otra parte, no se trata solamente de qué comer. A través del taller de Yoga y Nutrición, cambié un acto tan cotidiano como comer en un ritual, el poder que tiene el hábito y cómo desde el cambio de hábitos logramos mejorar nuestra vida. Sin embargo, de acuerdo a Von Staden (2013), más que el cambio del hábito es el cambio de idea y convicción lo que nos lleva a la transformación. Así, desde mi punto de vista, cambiar un hábito mecánicamente es completamente inútil, un gasto de energía innecesario, si no empezamos por el principio. Cambios mínimos como tomarme el tiempo para comer, sentarme sin afanes, enfocarme en lo que estoy realizando (comer), masticar, percibir los distintos sabores, incluso cerrar los ojos mientras me alimento ha marcado la diferencia en pocas semanas. De esta manera, para mí el Ayurveda pasa de ser la medicina tradicional a una significativa forma de vida.

Obviamente, lo anterior viene unido—como se ha insistido—a la práctica física del yoga (Gathasta). La observación y la escucha consciente de la que nos habla el profesor Contreras se exterioriza cuando hacemos práctica en equipo. La comunicación es fundamental aquí, como es fundamental ir más allá del recurso lingüístico. Más que comprender al otro, es percibirlo, sentirlo, “leerlo”; al mismo tiempo, aportar al trabajo en equipo nuestras fortalezas, ideas, estabilidad a través del masaje…

Esta armonía con uno mismo y con otros se evidencia aún más en estado de gestación, estado en el cual las mujeres experimentamos cambios no solo corporales, sino hormonales y emocionales. Formarme como profesora de Yoga me obliga a comprender todas las condiciones, al igual que guiar un estilo de vida yóguico implica recordar la existencia de al menos dos personas (desde el momento de la concepción).

Con el especialista en Ginecobstetricia y profesor Cristian Cárdenas se continuó la inclusión del ritual o ceremonia en nuestro día a día. En el caso de las gestantes, la mejor experiencia tuvo que ver con el contacto de la vida y de quién le dio la vida, la tranquilidad y el reconocimiento del embarazo como una condición natural. La creación es un hecho maravilloso desde el momento de la concepción, aun cuando la mujer no siente los primeros cambios en su interior. La vida dentro de ella se mueve y si pudiéramos ver a través de un microscopio, la película de la vida sería una producción que ninguna producción o dirección de Spielberg, Moore o Jackson superarían.

En palabras del profesor Cárdenas: “La gestación es un periodo en el que la mujer participa activamente con el universo, es también por medio del cual se fortalece la conexión con el bebé desde el vientre materno”. Por esta razón, quienes nos estamos formando para guiar un estilo de vida yóguico debemos ofrecer un ambiente de reconocimiento, sensibilidad y sincronicidad de la mente y el cuerpo.

El centro de tal sincronicidad está en la pelvis; no por nada algunos especialistas en disciplinas alternativas como Feldenkrais manifiestan que la pelvis es el centro de poder. Paradójicamente, a través de los años, se ha convertido en un tabú, cuando la pelvis está—corporalmente hablando—directamente involucrada en la concepción, en el sostén de esa nueva vida a través de los meses, y en el parto. Es también una paradoja que la tecnología, lejos de facilitar el proceso, lo dificulte, obligando en ocasiones ir en contra de la naturaleza (por ejemplo, la posición de la mujer acostada en el momento del parto, o practicar un cesárea sin una razón que ponga en riesgo la salud de la madre y el niño). Considero que, si bien es cierto que la tecnología fue descubierta para facilitarnos la vida en ciertos casos, por otra parte ha sembrado muchos temores, los cuales sólo se superarán si volvemos a los orígenes, al reconocimiento de la naturaleza y de la consciencia que la salud es un proceso interno.

La salud está en nuestro ser. A través del manejo de la respiración, de la lectura de nuestro ser y del ver cada etapa, evento y situación de la vida como insumo de aprendizaje, reconoceremos que lo que llamamos “incurable” sólo significa, como se ve desde el ayurveda, “curable desde ADENTRO”.

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Referencias
Contreras, I. (2014). Yoga Acrobático. Su práctica y Visión en el Yoghismo. México: SOLAR FUNDACIÓN CULTURAL y ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE YOGA YOGHISMO.
Chopra, D. Digestión Perfecta. España: ESPIRITUALIDAD ZETA.
Von Staden, S. (2013). Energía Cuántica. España: EDICIONES OBELISCO.

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