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Dice Ruthy Alon que a través del movimiento humano podemos afrontar los hábitos negativos que están en nuestra mente subconsciente.  Eso lo he vivido casi toda mi vida, con la danza como parte de ella. Desde mi niñez, muy en el fondo, era capaz de reconocer que el indicador de una postura armónica y “bonita” residía en la ausencia de dolor o molestia, al tiempo que sentía que podía ordenar a mi cuerpo hacer lo que quisiera y gozar el momento… Tal vez por eso no me dediqué a la danza como profesión… Aún me pregunto si mi naturaleza rebelde hizo que renunciara o me descartaran del equipo de voleibol del colegio o del grupo de danzas, o el de teatro, y sin embargo, nunca dejé de disfrutar practicando estas tres disciplinas todos los días en mi paso por la institución donde hice la secundaria e incluso hoy. Rebelde, porque siempre le huí a la competencia, incluso conmigo misma, a compararme con otros, a frustrarme por lo que no lograba. Pero cuando llegaba a ese punto (algo inevitable) dejaba la actividad. De todos modos, siempre había algo más, o siempre encontraría el espacio de libertad y consciencia hacia mí misma. Paradójicamente, eso también lo hallé en el sitio donde estudié y lo agradezco mucho.

Nuestras acciones cotidianas se han convertido en un ir y venir por “cumplir”, por “lograr” algo externo, para complacer a quién sabe qué o quién, porque no hay tiempo para pensar en nosotros o tomarnos las cosas con calma. He podido ver que la práctica deportiva ha llegado a lo mismo, al igual que las artes escénicas o la danza. Aparentemente, la competencia es lo único que cuenta, y el crecimiento, la consciencia, el goce, el auto-concepto y auto-conocimiento han pasado a un segundo plano. Como consecuencia, se sacrifica el cuerpo por el rendimiento, la postura, en otras palabras, el resultado. Son muchas personas las que tienen molestias en la espalda, problemas con cervicales, lumbares, manguito rotador, espalda alta, media, baja… Como dice el profesor Rafael Aranda, nos damos cuenta que existe algo que se llama espalda cuando nos duele, pero no nos detenemos a reflexionar en las causas de dicho dolor, sino que buscamos un alivio rápido, generalmente con analgésicos. Dicha molestia se ha convertido en una causa recurrente de bajo rendimiento laboral, y a la larga, pareciera evidenciar una imagen deteriorada de nosotros mismos, limitando nuestras acciones cotidianas.

Poco a poco, el yoga se ha dado a conocer no sólo como una disciplina de movimiento corporal, sino como un estilo de vida, cuya “meta” o fin redunda en el equilibrio del Ser. De ahí la necesidad, por una parte de investigar en los campos de la medicina, la psicología y la psiquatría, y por otra parte, y como resultado de tales estudios, fomentar la creatividad responsable, tanto del yogui como de quién sigue sus sesiones de práctica. Me considero afortunada, ya que gracias a esto he vuelto a las raíces por las que luché en mi niñez y adolescencia, cuando se trataba de hacer algo que me gustara, en lo que a movimiento se refiere.  

Este mes, el profesor Rafael Aranda nos dejó una invitación a la observación y a la consciencia plena, representada en una triada poderosa: Postura, respiración y posición de la cabeza. Pero esto no debe limitarse a “escanearnos”, sino a buscar la manera de resolverlo, de hacerlo como diría Alon, identificando la diferencia entre “el intento agotador de detener el deterioro y el uso de la inteligencia para aprender a mejorar.” (Alon, 2012: 21)

La propuesta del profesor Aranda va mucho más allá de una serie de movimientos y asanas para mejorar el trabajo de nuestra espalda. Es más bien la entrada a la exploración de estrategias y recursos que nos permitan ser responsablemente creativos en el diseño balanceado de un plan de acción, el cual, luego de hacer la identificación y concientización de la triada antes mencionada, se pase a lo que se conoce como “higiene de la columna vertebral”. Aquí, me impactaron algunos elementos: en primer término, la interesante conexión con los talleres anteriores de yoga terapéutico, en el sentido de lo simbólico y del ritual, vislumbrado en la secuencia del “Saludo del gato”, llevándonos a recordar la flexibilidad de este animal y su facilidad para andar sigiloso por el mundo, así como el reconocimiento de que somos un sistema perfecto, en el cual, un movimiento enfocado en cualquier parte de nuestro cuerpo afecta a las demás. Adicional a lo anterior, la investigación permanente de la mano con especialistas en medicina, que llevan a la necesidad de re-evaluar algunos ejercicios, por ser perjudiciales para la parte cervical o lumbar (como las rotaciones de cabeza). Y por último, lo relevante que es revisar con detenimiento las asanas, corregirlas o identificar sus variantes, realizarlas paso a paso, de acuerdo a las particularidades de nosotros o a quienes conducimos en las sesiones, de ser posible, con ayuda de algunas herramientas como los bloques o el cinturón.

En mi opinión, el aprendizaje de este mes se resume en el RESPETO que debemos tener por nuestro cuerpo y la RESPONSABILIDAD por cada persona que va a nuestra práctica. En este sentido, es pertinente reconocer que como todo en la vida, el yoga evoluciona, no es algo estático, no hay asanas definitivas o únicas, e indagar en ellas es algo que debe hacerse de manera objetiva desde el momento en que empezamos este estilo de vida. Seguramente así volveremos a vivir el movimiento como algo propio de nosotros, para nuestro beneficio, para hacernos sentir libres y no “aniquilar” nuestro cuerpo por una postura o movimiento, y por el contrario–en palabras de Moshe Feldenkrais–“Hacer lo imposible posible, lo posible fácil, y lo fácil elegante.”

Referencias

ALON, R. (2012) Guía práctica del Método Feldenkrais. Málaga: SIRIO.

ARANDA, R. (2014) Yoga y Columna Vertebral. México: ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE YOGA YOGHISMO y SOLAR FUNDACIÓN CULTURAL.

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